viernes, 26 de octubre de 2007

EL BUEN VECINO

Confieso: Soy una isleña al que le da rabia que San Andrés sea colombiana. Y no me da pena decirlo, ni me siento antipatriota, porque desde que el archipiélago se colombianizó se echó a perder. Cuando me llegan noticias de isleños independentistas, alcanzo a imaginar una nación caribeña soberana. Y con alegría. Pues aunque a la larga sería un absurdo: una nación bastante pobre (un Haití chiquito), la imaginación es para eso. Soñar estupideces que van mejor en la cabeza que en la realidad. Y vuelvo a alegrarme entonces.

Además, el verdadero problema no es el hecho de que San Andrés sea de Colombia. La isla lo ha sido la mayor parte de su historia, y le había ido muy bien. Sino que los colombianos se la hayan tomado por asalto. Un saqueo que lleva algo más de cincuenta años.

Tras las independencias americanas, fueron los mismos isleños quienes proclamaron su nacionalidad: ¡yes, yes, we´re colombian! Incluso esperaron órdenes de Bolívar (que nunca llegaron, por cierto). Colombianos sí, pero a su manera. De lejos. Su distanciamiento geográfico les permitió una independencia cultural de facto. Durante siglos, la isla mantuvo sus propias dinámicas. Las caribeñas.

Y no necesitaba permiso. La cultura de san Andrés no es colombiana. Los negros ni siquiera hablaban español hasta hace unos años. No son católicos sino protestantes. El apellido más común no es Pérez sino Archbold. Y se come más breadfruit que papa. Y aunque ellos se decían colombianos, el colombiano de verdad, el que venía del continente, el de apellido Pérez, católico y come tubérculos, era más bien su vecino. El patio trasero que los separaba era un vasto mar con 480 millas náuticas de distancia.

Cuando mi abuela llegó por primera vez a San Andrés, lo hizo desde un hidroavión que salió de Panamá. Era 1940 y la única ruta aérea en el mundo que llegaba al archipiélago no era colombiana. La cubría semanalmente una pequeña nave que el gobierno norteamericano le había regalado a los panameños. En una hora y media, el cupo máximo de pasajeros, unos veinticinco, acuatizaba a pocos metros de la isla. No había aeropuerto. El vuelo siempre llegaba lleno, porque si no lo estaba se esperaba hasta que hubiera pasajeros suficientes para despegar. El destino era demasiado exótico y los retrasos podían ser de días.

De Colombia se llegaba sólo por barco. Nada de avión. El viaje duraba casi tres días y las embarcaciones que lo hacían eran o de carga o pesqueras. Por lo que no había casi turistas colombianos, mucho menos inmigrantes. O se mareaban con facilidad o no tenían plata para volar o no les daba la gana de ir. El primer vuelo desde Cartagena salió una década después, cuando ya había aeropuerto, pero no acercó a los del interior. El tiquete seguía siendo muy caro. Y San Andrés seguía sonando muy lejos.

Tras aterrizar en medio del mar, unas canoas en grupos de tres o cuatro recogían a los viajeros y los llevaban a la costa. Del avión a tierra firme había cinco minutos de mareo. Mi abuela Llegó y se quedó. San Andrés, perdida en el agua, era perfecta para la hija de un inglés. Esa raza de personas que ven en los lugares en medio de la nada su hogar. Compró unas tierras, e incluso unos cayos (afortunadamente le fueron expropiados), y se instaló. Fue la segunda blanca de estos tiempos en llegar.

San Andrés es una minúscula isla en el caribe, no tiene más de 45 Km2. Pero en aquel entonces era Gigantesca. Si las cosas están vacías, o casi vacías, se ven más grandes aún. Por esos días, no había más que negros, playas infinitas y bosques de palmeras. Hoy dicen que es la isla más densamente poblada del planeta.

La colombianización empezó bajo el gobierno de Rojas Pinilla, quien extraditó a varios miles de colombianos. Bogotá temía por la soberanía nacional. Hordas de caleños, paisas y costeños de todo el litoral fueron deportados sistemáticamente. Y al mejor estilo de las huestes colombinas: desempleados, analfabetos y hasta exreos. La declaración de la isla como puerto libre en el 53 atrajo a más colombianos aún. Más paisas, más caleños, más cartageneros. Todos con ganas de hacerse ricos. Ninguno con un peso encima.

De 3 mil habitantes en 1950, pasó a 15 mil a comienzo de los 60. El censo del 93 arrojó 57 mil. Hoy, alberga por lo menos 100 mil personas. Sólo 30.000 son raizales. La llegada de colombianos los convirtió en minoría dentro de su propia tierra. Y a la isla en un basurero.

El nuevo equilibrio étnico conllevó un crecimiento urbano desmedido y desorganizado. A la colombiana. Nacieron barrios enteros de concreto y mala muerte. Los caminos fueron tapizados de cemento, los bosques de palmera talados y las isleñas se convirtieron en aseadoras o cocineras y sus maridos en taxistas. Se construyeron hoteles y condominios, todos frente al mar. La arena con que se hicieron le fue robada a las playas, erosionando la mayoría. Hoy, no tienen más de 20 metros de ancho. Nunca se construyó acueducto ni alcantarillado. Los edificios tiraron durante décadas sus desperdicios al mar. El aeropuerto fue construido sobre el humedal más grande de la isla. Ahora no es sino una pista mal hecha.

En los ochenta llegó el narcotráfico. San Andrés se convirtió en el puerto de salida de toda la droga colombiana a Estados Unidos y el caribe. Las calles se inundaron de coca y los isleños empezaron a volverse mulas. La desprotección del gobierno permitió que los traquetos hicieran de las suyas. Las calles se llenaron de mansiones estrafalarias y de las primeras pre-pagos. Incluso, llegó a ser gobernador un hombre al que le decían “Mafia” (¡un isleño!).

San Andrés aguantó a Colombia, pero no a los colombianos. No estaba lista para la malicia indígena. Ni para la viveza paisa. Ni para los negocitos caleños. Ni para la pereza cartagenera. El colombiano estaba bien de vecino. No más. Porque al buen vecino se le tiene al lado. Nunca dentro de la casa.

INVASIÓN A IRAK: PERFECTO-IMBÉCIL HARAKIRI

La invasión norteamericana de 2003 a Irak fue más que la guerra de George W. Bush contra una nación particular. La destrucción del país árabe fue, sino el más grave, uno de los genocidios culturales más grandes que ha sufrido la humanidad en su historia como especie.

El territorio que hoy conforma el moderno Irak es el corazón del área geográfica donde tuvieron lugar los estrenos antropológicos que hicieron del hombre un animal superior, que lo identifican como género dominante entre las millones de especies que habitan este globo: la agricultura, la domesticación de animales, la escritura, los números, el manejo de metales, la vida urbana y las ciudades, las matemáticas, el algebra, la astronomía y la astrología, entre otros tantos, fueron fenómenos que se gestaron allí, en el valle mesopotámico.

La historia de la región, por tanto, no es la historia de una étnia u organización política particulares, sino prácticamente la del Hombre, en mayúscula, antes de que se desperdigara por el mundo e hiciera cada cuál su propia historia. He ahí donde radica su excepcional valor cultural y la verdadera dimensión de la catástrofe, pues la región invadida supera los límites continentales, nacionales, raciales y religiosos, alzándose como una dosis de ecumenismo histórico.

Cosa muy distinta es que hayan tenido los árabes de Irak la fortuna de hacer su
destino reciente allí. Porque si fue lugar de estrenos concernientes a todos, fue también testigo del cenit de innumerables civilizaciones con nombre propio, lo que duplica la gravedad de la pérdida. Es uno de esos lugares en el que el hombre si alguna vez quisiera preguntarse de dónde ha venido hallaría respuestas. Pero después de cuatro años de ocupación y bombardeos, no es otra cosa que el campo de guerra en el que occidente se hizo de la zona. Y de los campos de guerra de nuestros días no quedan sino cenizas. Nada.

Indiscutiblemente, a Bush le hizo falta leerse unos cuantos libros de historia Universal para haberse enterado de qué era Irak, de su devenir milenario más allá de Hussein y los árabes. Bush pasará a la historia como el genocida cultural más grande del siglo XXI, y la sociedad contemporánea, como aquella que dejó pasar impune el magnicidio, dándole a los anales algo más de que hablar, aparte del Internet, la carrera espacial y el calentamiento global.

En la invasión, el presidente Uribe fue aliado incondicional de Bush. A Uribe, que posiblemente buscará su tercera reelección, le faltan de seguro las mismas lecturas que al mandatario norteamericano.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

HOY MURIÓ UN SABIO

Hoy falleció un sabio. Un hombre que, sin él saberlo, se convirtió en mi Maestro. Se llama Martin, Martin Eduardo Vargas Poo. Hoy su cuerpo no aguantó más, pero sé que su alma está por alguna parte, rumbo al cielo, convirtiéndose en un astro. Acabo de llegar del parque. Estuve media hora mirando al cielo para encontrar su estrella: a falta de una, ví dos. Y las dos eran suyas, eran él. Las dos se movian, una con paso lento, la otra afanada: las dos se movian, de forma diametralmente opuesta...las dos eran él.Podría alguien rezar por su alma? prenderle una vela frente a alguna montaña a la que se le alcance a ver la nieve? sí tienen nieve las montañas donde tú estas?

martes, 11 de septiembre de 2007

DIATRIBA CONTRA PABLO ARDILA

El gobernador de Cundinamarca, Pablo Ardila, no sólo tiene una casa diseñada por Salmona repleta de trofeos de caza. También tiene mucho huevo.

Pues aunque sea meramente personal mi desprecio por las artes taxidérmicas, sus amantes y el olor a formol que dejan tras su paso los animales disecados, el que el gobernador de una de las regiones con mayor importancia ecológica del país tenga colgado como centro de pared la cabeza de un elefante africano –en vía de extinción-, cazado por él mismo, me pone a pensar en el inminente riesgo de tenerlo como premier del departamento.

Cundinamarca es una de las zonas más ricas de todo el país en ecosistemas hidrográficos. Tiene, de acuerdo a disposiciones de la CAR, 12 parques naturales, reservas forestales, que abarcan en su conjunto 29 mil hectáreas. Los más célebres exponentes de estos hidroecosistemas, los páramos, son literalmente fábricas de agua, lugar de nacimiento de ríos, arroyos y arroyuelos, o cualquiera sea la forma por la que el agua pura se escurre montaña abajo.

Después del macizo colombiano, donde nace el Magdalena al sur del país, en el páramo de las papas, las vertientes hidrográficas cundinamarquesas son las más importantes de la región andina. Cuentan en sus haberes la cuenca del Magdalena y la del río Meta, que también las baña.
Y no es simplemente agua (que de por sí sola es vida). La biodiversidad que sostienen estos ecosistemas es refugio exclusivo de flora y fauna. Entre las especies características se hallan el venado andino, el águila real, el exótico pato turria o piquiazul, el cóndor de los Andes y el oso de anteojos –ambos prácticamente al borde de la extinción-, además de un sinnúmero de aves, mamíferos pequeños, lagartos, anfibios y flora enana.

Según un artículo publicado por la revista Don Juan y las fotos que lo prueban (podría imaginarse que es mentira), el gobernador tiene en su sala de trofeos “medio cuerpo de jirafa, varios antílopes, la cabeza de un hipopótamo y de una cebra y los cuerpos completos de un cerdo salvaje, de un jabalí, de un leopardo y hasta de un león, que está en pleno acto de comerse a un antílope, también disecado”. Tiene asimismo expuesta la cabeza de un rinoceronte, aunque en el artículo no se diga, las fotos lo muestran.

Todos coronados por la cabecita del elefante, sus patas fueron convertidas en taburetes y canecas de basura. En la sala contigua tiene un polígono donde practica su puntería.
No sé que sea más ridículo, si los estrambóticos parámetros estéticos que tiene (muy al estilo de la línea editorial de su periódico, El Espacio), además medio decimonónicos -llenar la casa de cadáveres es de épocas pasadas, donde había animales de sobra para matar, no de ahora cuando todos los tenemos al borde del abismo-, o la manera “ecologista” como defiende su hobbie, la caza.

De acuerdo con él, al estar inscrito en una cofradía como el Safari Club International “que sólo permite matar machos adultos, y se pagan hasta cincuenta mil dólares por una licencia para cazar un elefante” se contribuye a la conservación de las especies.

Señor Gobernador, no por ser rico y tener en el bolsillo cien millones de pesos la caza deja de diezmar especies. Y si bien es cierto que la caza regulada ayuda a controlar la indiscriminada, porque especifica reglas de juego, cifras reales de cuantos están detrás del rifle, la población de especimenes caídos y todos esos datos, la cacería, el hecho explícito de matar, no puede conservar vidas, quizá porque las quita.

Los mamíferos gigantes, en este caso el elefante africano, no se crían en corrales como vacas, de los que uno puede disponer fácilmente al estilo de los animales de granja. Los elefantes, tanto el africano como el asiático, tienen uno de los ciclos reproductivos más complejos del reino animal, sólo tienen una cría por gestación (de 25 meses) y la ardua selección de machos por parte de las hembras hace incluso que pierdan el ciclo fértil (se la pasan rechazando pretendientes). Sin contar sus entroncados lazos familiares, más parecidos a los de los humanos que a los de los animales. Se deprimen y, se piensa, guardan luto.

La caída de un solo espécimen, un macho, por ejemplo, es un retroceso poblacional en una especie otrora reina del África, hoy reducida a minúsculos espacios geográficos o zoológicos. Un efecto dominó. Me pregunto en que lugar iría el elefante-trofeo del gobernador. Y qué decir de los rinocerontes, prácticamente extintos, o de los leopardos y los leones, también exhibidos en la sala, también con su población bastante reducida.

No es cuestión de maniqueísmo extremo, los hombres estamos en la cúspide de la cadena alimenticia y matar a otras especies es parte de ese ejercicio de superioridad; todos los días lo hacemos para almorzar. Ni de una arremetida específica contra un único cazador, cuando los hay por miles sólo en Colombia. Pero no todos son el gobernador de Cundinamarca, ni dieron papaya saliendo en una publicación mostrando sus trofeos, ni tienen en sus manos decisiones que, entre otras, abarcan los destinos ecológicos de una región.

Sólo se me viene a la cabeza eso que decía Freud sobre las falencias físicas o emocionales que son substituidas por cosas materiales, su tamaño es directamente proporcional al complejo dejado por la “cosa” a reemplazar. En los hombres, generalmente, el causante de este binomio carencia/reemplazo es el falo. Miro la foto del elefante-trofeo y me pregunto si el señor gobernador lo tendrá chiquito. Yo diría que sí.

martes, 4 de septiembre de 2007

DIATRIBA CONTRA LAS MADRASTRAS

Detesto a todas las madrastras. No sólo a la mía. Las detesto a todas porque todas son iguales. Aves de mal agüero, plañideras. Chulos.

Las detesto por hipócritas. Porque sea cuál sea el buen o mal grado en el trato con sus “hijos adoptivos”, su relación está sin excepción viciada: todo hijastro es hijo de la ex de su marido, recuerdo vivo de una relación pasada.

Y se les hace insoportable porque las mujeres por instinto quieren borrar el registro de la vida anterior de sus maridos. Revirginizarlos. Pero la existencia de la otra en los ojos de los niños no les permite empezar en blanco y los cogen como bolsa de boxeo de sus celos femeninos. Acomplejadas.

Las detesto por ser platos de segunda mesa, o de tercera si la ex fue la segunda, o de cuarta si la otra fue la tercera. Porque donde hay una hubo divorcio, o viudez, o cualquiera sea el caso por el que vengan a reemplazar a una mujer. Como si tuvieran el estigma de haber llegado tarde.

Las detesto por víboras. Porque se meten en la casa paterna a hacer su nido y de ahí nadie las saca. Y de la noche a la mañana el hogar de la infancia deja de ser de los hijos. Se vuelve su casa y se siente uno entonces en la propia como si estuviera de visita.

Llegan y lo cambian todo, peor que torbellinos. Redistribución de los espacios, antítesis decorativa, hasta el olor se siente distinto. Y se la pasan por aquí o allí orinando como perros, poniendo en cada esquina su sello personal con un nuevo objeto, cortina, cuadro, porcelana. Buscando, más que apaciguar su gusto, legalizar su presencia. Polizonas.

Las detesto por urracas. Porque les encanta amplificar los defectos de los que no son sus hijos. Y cuando los notan, todos son herencia de la ex mujer o su familia. Nunca del padre porque esto significaría que le podrían caer a sus hijos. Y si no los tienen todavía, el señalamiento se vuelve un recalco de algo así como “¿sí viste con la que te has metido?”.

Vetan a las madres en la casa donde están sus propios hijos. Se les prohíbe su recuerdo. No se puede decir su nombre sin que uno se sienta cometiendo un crimen. Las condenan a un silencio tipo DAMNATIO MEMORIAE: sin siquiera saber ellas de Roma ni de su más perverso castigo, borran todo registro de la existencia de una madre; como si fueran seres malditos.

Las detesto porque desheredan a los primeros hijos. Les quitan la herencia de dinero o cariño de sus padres porque lo quieren todo para ellas. Avaras. ¡Y ay que hayan ya tenido sus propios hijos! Se los meten a los maridos hasta por los ojos como si quisieran reemplazar a los que eran sus adoptivos. Y convierten a sus niños en carros último modelo, con los que se cambia a los trastes antiguos. Son las únicas culpables de que uno no vea en esos niños hermanitos sino competencia. Cultivadoras de odio fraticida.

Las detesto porque son un verdadero error idiomático. Un vicio en lengua tan bonita como lo es la castellana. Se les da un título sin lógica o sentido y ellas lo reciben. Madrastra, de Madre.

¿Quién dijo eso? Porque a mí en el madrastra me retumba duro en los oídos el sufijo, el astra. Me suena siempre como de arrastrada. Sí, madres arrastradas. Curtidas. Harapientas.