Confieso: Soy una isleña al que le da rabia que San Andrés sea colombiana. Y no me da pena decirlo, ni me siento antipatriota, porque desde que el archipiélago se colombianizó se echó a perder. Cuando me llegan noticias de isleños independentistas, alcanzo a imaginar una nación caribeña soberana. Y con alegría. Pues aunque a la larga sería un absurdo: una nación bastante pobre (un Haití chiquito), la imaginación es para eso. Soñar estupideces que van mejor en la cabeza que en la realidad. Y vuelvo a alegrarme entonces.
Además, el verdadero problema no es el hecho de que San Andrés sea de Colombia. La isla lo ha sido la mayor parte de su historia, y le había ido muy bien. Sino que los colombianos se la hayan tomado por asalto. Un saqueo que lleva algo más de cincuenta años.
Tras las independencias americanas, fueron los mismos isleños quienes proclamaron su nacionalidad: ¡yes, yes, we´re colombian! Incluso esperaron órdenes de Bolívar (que nunca llegaron, por cierto). Colombianos sí, pero a su manera. De lejos. Su distanciamiento geográfico les permitió una independencia cultural de facto. Durante siglos, la isla mantuvo sus propias dinámicas. Las caribeñas.
Y no necesitaba permiso. La cultura de san Andrés no es colombiana. Los negros ni siquiera hablaban español hasta hace unos años. No son católicos sino protestantes. El apellido más común no es Pérez sino Archbold. Y se come más breadfruit que papa. Y aunque ellos se decían colombianos, el colombiano de verdad, el que venía del continente, el de apellido Pérez, católico y come tubérculos, era más bien su vecino. El patio trasero que los separaba era un vasto mar con 480 millas náuticas de distancia.
Cuando mi abuela llegó por primera vez a San Andrés, lo hizo desde un hidroavión que salió de Panamá. Era 1940 y la única ruta aérea en el mundo que llegaba al archipiélago no era colombiana. La cubría semanalmente una pequeña nave que el gobierno norteamericano le había regalado a los panameños. En una hora y media, el cupo máximo de pasajeros, unos veinticinco, acuatizaba a pocos metros de la isla. No había aeropuerto. El vuelo siempre llegaba lleno, porque si no lo estaba se esperaba hasta que hubiera pasajeros suficientes para despegar. El destino era demasiado exótico y los retrasos podían ser de días.
De Colombia se llegaba sólo por barco. Nada de avión. El viaje duraba casi tres días y las embarcaciones que lo hacían eran o de carga o pesqueras. Por lo que no había casi turistas colombianos, mucho menos inmigrantes. O se mareaban con facilidad o no tenían plata para volar o no les daba la gana de ir. El primer vuelo desde Cartagena salió una década después, cuando ya había aeropuerto, pero no acercó a los del interior. El tiquete seguía siendo muy caro. Y San Andrés seguía sonando muy lejos.
Tras aterrizar en medio del mar, unas canoas en grupos de tres o cuatro recogían a los viajeros y los llevaban a la costa. Del avión a tierra firme había cinco minutos de mareo. Mi abuela Llegó y se quedó. San Andrés, perdida en el agua, era perfecta para la hija de un inglés. Esa raza de personas que ven en los lugares en medio de la nada su hogar. Compró unas tierras, e incluso unos cayos (afortunadamente le fueron expropiados), y se instaló. Fue la segunda blanca de estos tiempos en llegar.
San Andrés es una minúscula isla en el caribe, no tiene más de 45 Km2. Pero en aquel entonces era Gigantesca. Si las cosas están vacías, o casi vacías, se ven más grandes aún. Por esos días, no había más que negros, playas infinitas y bosques de palmeras. Hoy dicen que es la isla más densamente poblada del planeta.
La colombianización empezó bajo el gobierno de Rojas Pinilla, quien extraditó a varios miles de colombianos. Bogotá temía por la soberanía nacional. Hordas de caleños, paisas y costeños de todo el litoral fueron deportados sistemáticamente. Y al mejor estilo de las huestes colombinas: desempleados, analfabetos y hasta exreos. La declaración de la isla como puerto libre en el 53 atrajo a más colombianos aún. Más paisas, más caleños, más cartageneros. Todos con ganas de hacerse ricos. Ninguno con un peso encima.
De 3 mil habitantes en 1950, pasó a 15 mil a comienzo de los 60. El censo del 93 arrojó 57 mil. Hoy, alberga por lo menos 100 mil personas. Sólo 30.000 son raizales. La llegada de colombianos los convirtió en minoría dentro de su propia tierra. Y a la isla en un basurero.
El nuevo equilibrio étnico conllevó un crecimiento urbano desmedido y desorganizado. A la colombiana. Nacieron barrios enteros de concreto y mala muerte. Los caminos fueron tapizados de cemento, los bosques de palmera talados y las isleñas se convirtieron en aseadoras o cocineras y sus maridos en taxistas. Se construyeron hoteles y condominios, todos frente al mar. La arena con que se hicieron le fue robada a las playas, erosionando la mayoría. Hoy, no tienen más de 20 metros de ancho. Nunca se construyó acueducto ni alcantarillado. Los edificios tiraron durante décadas sus desperdicios al mar. El aeropuerto fue construido sobre el humedal más grande de la isla. Ahora no es sino una pista mal hecha.
En los ochenta llegó el narcotráfico. San Andrés se convirtió en el puerto de salida de toda la droga colombiana a Estados Unidos y el caribe. Las calles se inundaron de coca y los isleños empezaron a volverse mulas. La desprotección del gobierno permitió que los traquetos hicieran de las suyas. Las calles se llenaron de mansiones estrafalarias y de las primeras pre-pagos. Incluso, llegó a ser gobernador un hombre al que le decían “Mafia” (¡un isleño!).
San Andrés aguantó a Colombia, pero no a los colombianos. No estaba lista para la malicia indígena. Ni para la viveza paisa. Ni para los negocitos caleños. Ni para la pereza cartagenera. El colombiano estaba bien de vecino. No más. Porque al buen vecino se le tiene al lado. Nunca dentro de la casa.
Además, el verdadero problema no es el hecho de que San Andrés sea de Colombia. La isla lo ha sido la mayor parte de su historia, y le había ido muy bien. Sino que los colombianos se la hayan tomado por asalto. Un saqueo que lleva algo más de cincuenta años.
Tras las independencias americanas, fueron los mismos isleños quienes proclamaron su nacionalidad: ¡yes, yes, we´re colombian! Incluso esperaron órdenes de Bolívar (que nunca llegaron, por cierto). Colombianos sí, pero a su manera. De lejos. Su distanciamiento geográfico les permitió una independencia cultural de facto. Durante siglos, la isla mantuvo sus propias dinámicas. Las caribeñas.
Y no necesitaba permiso. La cultura de san Andrés no es colombiana. Los negros ni siquiera hablaban español hasta hace unos años. No son católicos sino protestantes. El apellido más común no es Pérez sino Archbold. Y se come más breadfruit que papa. Y aunque ellos se decían colombianos, el colombiano de verdad, el que venía del continente, el de apellido Pérez, católico y come tubérculos, era más bien su vecino. El patio trasero que los separaba era un vasto mar con 480 millas náuticas de distancia.
Cuando mi abuela llegó por primera vez a San Andrés, lo hizo desde un hidroavión que salió de Panamá. Era 1940 y la única ruta aérea en el mundo que llegaba al archipiélago no era colombiana. La cubría semanalmente una pequeña nave que el gobierno norteamericano le había regalado a los panameños. En una hora y media, el cupo máximo de pasajeros, unos veinticinco, acuatizaba a pocos metros de la isla. No había aeropuerto. El vuelo siempre llegaba lleno, porque si no lo estaba se esperaba hasta que hubiera pasajeros suficientes para despegar. El destino era demasiado exótico y los retrasos podían ser de días.
De Colombia se llegaba sólo por barco. Nada de avión. El viaje duraba casi tres días y las embarcaciones que lo hacían eran o de carga o pesqueras. Por lo que no había casi turistas colombianos, mucho menos inmigrantes. O se mareaban con facilidad o no tenían plata para volar o no les daba la gana de ir. El primer vuelo desde Cartagena salió una década después, cuando ya había aeropuerto, pero no acercó a los del interior. El tiquete seguía siendo muy caro. Y San Andrés seguía sonando muy lejos.
Tras aterrizar en medio del mar, unas canoas en grupos de tres o cuatro recogían a los viajeros y los llevaban a la costa. Del avión a tierra firme había cinco minutos de mareo. Mi abuela Llegó y se quedó. San Andrés, perdida en el agua, era perfecta para la hija de un inglés. Esa raza de personas que ven en los lugares en medio de la nada su hogar. Compró unas tierras, e incluso unos cayos (afortunadamente le fueron expropiados), y se instaló. Fue la segunda blanca de estos tiempos en llegar.
San Andrés es una minúscula isla en el caribe, no tiene más de 45 Km2. Pero en aquel entonces era Gigantesca. Si las cosas están vacías, o casi vacías, se ven más grandes aún. Por esos días, no había más que negros, playas infinitas y bosques de palmeras. Hoy dicen que es la isla más densamente poblada del planeta.
La colombianización empezó bajo el gobierno de Rojas Pinilla, quien extraditó a varios miles de colombianos. Bogotá temía por la soberanía nacional. Hordas de caleños, paisas y costeños de todo el litoral fueron deportados sistemáticamente. Y al mejor estilo de las huestes colombinas: desempleados, analfabetos y hasta exreos. La declaración de la isla como puerto libre en el 53 atrajo a más colombianos aún. Más paisas, más caleños, más cartageneros. Todos con ganas de hacerse ricos. Ninguno con un peso encima.
De 3 mil habitantes en 1950, pasó a 15 mil a comienzo de los 60. El censo del 93 arrojó 57 mil. Hoy, alberga por lo menos 100 mil personas. Sólo 30.000 son raizales. La llegada de colombianos los convirtió en minoría dentro de su propia tierra. Y a la isla en un basurero.
El nuevo equilibrio étnico conllevó un crecimiento urbano desmedido y desorganizado. A la colombiana. Nacieron barrios enteros de concreto y mala muerte. Los caminos fueron tapizados de cemento, los bosques de palmera talados y las isleñas se convirtieron en aseadoras o cocineras y sus maridos en taxistas. Se construyeron hoteles y condominios, todos frente al mar. La arena con que se hicieron le fue robada a las playas, erosionando la mayoría. Hoy, no tienen más de 20 metros de ancho. Nunca se construyó acueducto ni alcantarillado. Los edificios tiraron durante décadas sus desperdicios al mar. El aeropuerto fue construido sobre el humedal más grande de la isla. Ahora no es sino una pista mal hecha.
En los ochenta llegó el narcotráfico. San Andrés se convirtió en el puerto de salida de toda la droga colombiana a Estados Unidos y el caribe. Las calles se inundaron de coca y los isleños empezaron a volverse mulas. La desprotección del gobierno permitió que los traquetos hicieran de las suyas. Las calles se llenaron de mansiones estrafalarias y de las primeras pre-pagos. Incluso, llegó a ser gobernador un hombre al que le decían “Mafia” (¡un isleño!).
San Andrés aguantó a Colombia, pero no a los colombianos. No estaba lista para la malicia indígena. Ni para la viveza paisa. Ni para los negocitos caleños. Ni para la pereza cartagenera. El colombiano estaba bien de vecino. No más. Porque al buen vecino se le tiene al lado. Nunca dentro de la casa.