miércoles, 12 de septiembre de 2007

HOY MURIÓ UN SABIO

Hoy falleció un sabio. Un hombre que, sin él saberlo, se convirtió en mi Maestro. Se llama Martin, Martin Eduardo Vargas Poo. Hoy su cuerpo no aguantó más, pero sé que su alma está por alguna parte, rumbo al cielo, convirtiéndose en un astro. Acabo de llegar del parque. Estuve media hora mirando al cielo para encontrar su estrella: a falta de una, ví dos. Y las dos eran suyas, eran él. Las dos se movian, una con paso lento, la otra afanada: las dos se movian, de forma diametralmente opuesta...las dos eran él.Podría alguien rezar por su alma? prenderle una vela frente a alguna montaña a la que se le alcance a ver la nieve? sí tienen nieve las montañas donde tú estas?

martes, 11 de septiembre de 2007

DIATRIBA CONTRA PABLO ARDILA

El gobernador de Cundinamarca, Pablo Ardila, no sólo tiene una casa diseñada por Salmona repleta de trofeos de caza. También tiene mucho huevo.

Pues aunque sea meramente personal mi desprecio por las artes taxidérmicas, sus amantes y el olor a formol que dejan tras su paso los animales disecados, el que el gobernador de una de las regiones con mayor importancia ecológica del país tenga colgado como centro de pared la cabeza de un elefante africano –en vía de extinción-, cazado por él mismo, me pone a pensar en el inminente riesgo de tenerlo como premier del departamento.

Cundinamarca es una de las zonas más ricas de todo el país en ecosistemas hidrográficos. Tiene, de acuerdo a disposiciones de la CAR, 12 parques naturales, reservas forestales, que abarcan en su conjunto 29 mil hectáreas. Los más célebres exponentes de estos hidroecosistemas, los páramos, son literalmente fábricas de agua, lugar de nacimiento de ríos, arroyos y arroyuelos, o cualquiera sea la forma por la que el agua pura se escurre montaña abajo.

Después del macizo colombiano, donde nace el Magdalena al sur del país, en el páramo de las papas, las vertientes hidrográficas cundinamarquesas son las más importantes de la región andina. Cuentan en sus haberes la cuenca del Magdalena y la del río Meta, que también las baña.
Y no es simplemente agua (que de por sí sola es vida). La biodiversidad que sostienen estos ecosistemas es refugio exclusivo de flora y fauna. Entre las especies características se hallan el venado andino, el águila real, el exótico pato turria o piquiazul, el cóndor de los Andes y el oso de anteojos –ambos prácticamente al borde de la extinción-, además de un sinnúmero de aves, mamíferos pequeños, lagartos, anfibios y flora enana.

Según un artículo publicado por la revista Don Juan y las fotos que lo prueban (podría imaginarse que es mentira), el gobernador tiene en su sala de trofeos “medio cuerpo de jirafa, varios antílopes, la cabeza de un hipopótamo y de una cebra y los cuerpos completos de un cerdo salvaje, de un jabalí, de un leopardo y hasta de un león, que está en pleno acto de comerse a un antílope, también disecado”. Tiene asimismo expuesta la cabeza de un rinoceronte, aunque en el artículo no se diga, las fotos lo muestran.

Todos coronados por la cabecita del elefante, sus patas fueron convertidas en taburetes y canecas de basura. En la sala contigua tiene un polígono donde practica su puntería.
No sé que sea más ridículo, si los estrambóticos parámetros estéticos que tiene (muy al estilo de la línea editorial de su periódico, El Espacio), además medio decimonónicos -llenar la casa de cadáveres es de épocas pasadas, donde había animales de sobra para matar, no de ahora cuando todos los tenemos al borde del abismo-, o la manera “ecologista” como defiende su hobbie, la caza.

De acuerdo con él, al estar inscrito en una cofradía como el Safari Club International “que sólo permite matar machos adultos, y se pagan hasta cincuenta mil dólares por una licencia para cazar un elefante” se contribuye a la conservación de las especies.

Señor Gobernador, no por ser rico y tener en el bolsillo cien millones de pesos la caza deja de diezmar especies. Y si bien es cierto que la caza regulada ayuda a controlar la indiscriminada, porque especifica reglas de juego, cifras reales de cuantos están detrás del rifle, la población de especimenes caídos y todos esos datos, la cacería, el hecho explícito de matar, no puede conservar vidas, quizá porque las quita.

Los mamíferos gigantes, en este caso el elefante africano, no se crían en corrales como vacas, de los que uno puede disponer fácilmente al estilo de los animales de granja. Los elefantes, tanto el africano como el asiático, tienen uno de los ciclos reproductivos más complejos del reino animal, sólo tienen una cría por gestación (de 25 meses) y la ardua selección de machos por parte de las hembras hace incluso que pierdan el ciclo fértil (se la pasan rechazando pretendientes). Sin contar sus entroncados lazos familiares, más parecidos a los de los humanos que a los de los animales. Se deprimen y, se piensa, guardan luto.

La caída de un solo espécimen, un macho, por ejemplo, es un retroceso poblacional en una especie otrora reina del África, hoy reducida a minúsculos espacios geográficos o zoológicos. Un efecto dominó. Me pregunto en que lugar iría el elefante-trofeo del gobernador. Y qué decir de los rinocerontes, prácticamente extintos, o de los leopardos y los leones, también exhibidos en la sala, también con su población bastante reducida.

No es cuestión de maniqueísmo extremo, los hombres estamos en la cúspide de la cadena alimenticia y matar a otras especies es parte de ese ejercicio de superioridad; todos los días lo hacemos para almorzar. Ni de una arremetida específica contra un único cazador, cuando los hay por miles sólo en Colombia. Pero no todos son el gobernador de Cundinamarca, ni dieron papaya saliendo en una publicación mostrando sus trofeos, ni tienen en sus manos decisiones que, entre otras, abarcan los destinos ecológicos de una región.

Sólo se me viene a la cabeza eso que decía Freud sobre las falencias físicas o emocionales que son substituidas por cosas materiales, su tamaño es directamente proporcional al complejo dejado por la “cosa” a reemplazar. En los hombres, generalmente, el causante de este binomio carencia/reemplazo es el falo. Miro la foto del elefante-trofeo y me pregunto si el señor gobernador lo tendrá chiquito. Yo diría que sí.

martes, 4 de septiembre de 2007

DIATRIBA CONTRA LAS MADRASTRAS

Detesto a todas las madrastras. No sólo a la mía. Las detesto a todas porque todas son iguales. Aves de mal agüero, plañideras. Chulos.

Las detesto por hipócritas. Porque sea cuál sea el buen o mal grado en el trato con sus “hijos adoptivos”, su relación está sin excepción viciada: todo hijastro es hijo de la ex de su marido, recuerdo vivo de una relación pasada.

Y se les hace insoportable porque las mujeres por instinto quieren borrar el registro de la vida anterior de sus maridos. Revirginizarlos. Pero la existencia de la otra en los ojos de los niños no les permite empezar en blanco y los cogen como bolsa de boxeo de sus celos femeninos. Acomplejadas.

Las detesto por ser platos de segunda mesa, o de tercera si la ex fue la segunda, o de cuarta si la otra fue la tercera. Porque donde hay una hubo divorcio, o viudez, o cualquiera sea el caso por el que vengan a reemplazar a una mujer. Como si tuvieran el estigma de haber llegado tarde.

Las detesto por víboras. Porque se meten en la casa paterna a hacer su nido y de ahí nadie las saca. Y de la noche a la mañana el hogar de la infancia deja de ser de los hijos. Se vuelve su casa y se siente uno entonces en la propia como si estuviera de visita.

Llegan y lo cambian todo, peor que torbellinos. Redistribución de los espacios, antítesis decorativa, hasta el olor se siente distinto. Y se la pasan por aquí o allí orinando como perros, poniendo en cada esquina su sello personal con un nuevo objeto, cortina, cuadro, porcelana. Buscando, más que apaciguar su gusto, legalizar su presencia. Polizonas.

Las detesto por urracas. Porque les encanta amplificar los defectos de los que no son sus hijos. Y cuando los notan, todos son herencia de la ex mujer o su familia. Nunca del padre porque esto significaría que le podrían caer a sus hijos. Y si no los tienen todavía, el señalamiento se vuelve un recalco de algo así como “¿sí viste con la que te has metido?”.

Vetan a las madres en la casa donde están sus propios hijos. Se les prohíbe su recuerdo. No se puede decir su nombre sin que uno se sienta cometiendo un crimen. Las condenan a un silencio tipo DAMNATIO MEMORIAE: sin siquiera saber ellas de Roma ni de su más perverso castigo, borran todo registro de la existencia de una madre; como si fueran seres malditos.

Las detesto porque desheredan a los primeros hijos. Les quitan la herencia de dinero o cariño de sus padres porque lo quieren todo para ellas. Avaras. ¡Y ay que hayan ya tenido sus propios hijos! Se los meten a los maridos hasta por los ojos como si quisieran reemplazar a los que eran sus adoptivos. Y convierten a sus niños en carros último modelo, con los que se cambia a los trastes antiguos. Son las únicas culpables de que uno no vea en esos niños hermanitos sino competencia. Cultivadoras de odio fraticida.

Las detesto porque son un verdadero error idiomático. Un vicio en lengua tan bonita como lo es la castellana. Se les da un título sin lógica o sentido y ellas lo reciben. Madrastra, de Madre.

¿Quién dijo eso? Porque a mí en el madrastra me retumba duro en los oídos el sufijo, el astra. Me suena siempre como de arrastrada. Sí, madres arrastradas. Curtidas. Harapientas.