martes, 4 de septiembre de 2007

DIATRIBA CONTRA LAS MADRASTRAS

Detesto a todas las madrastras. No sólo a la mía. Las detesto a todas porque todas son iguales. Aves de mal agüero, plañideras. Chulos.

Las detesto por hipócritas. Porque sea cuál sea el buen o mal grado en el trato con sus “hijos adoptivos”, su relación está sin excepción viciada: todo hijastro es hijo de la ex de su marido, recuerdo vivo de una relación pasada.

Y se les hace insoportable porque las mujeres por instinto quieren borrar el registro de la vida anterior de sus maridos. Revirginizarlos. Pero la existencia de la otra en los ojos de los niños no les permite empezar en blanco y los cogen como bolsa de boxeo de sus celos femeninos. Acomplejadas.

Las detesto por ser platos de segunda mesa, o de tercera si la ex fue la segunda, o de cuarta si la otra fue la tercera. Porque donde hay una hubo divorcio, o viudez, o cualquiera sea el caso por el que vengan a reemplazar a una mujer. Como si tuvieran el estigma de haber llegado tarde.

Las detesto por víboras. Porque se meten en la casa paterna a hacer su nido y de ahí nadie las saca. Y de la noche a la mañana el hogar de la infancia deja de ser de los hijos. Se vuelve su casa y se siente uno entonces en la propia como si estuviera de visita.

Llegan y lo cambian todo, peor que torbellinos. Redistribución de los espacios, antítesis decorativa, hasta el olor se siente distinto. Y se la pasan por aquí o allí orinando como perros, poniendo en cada esquina su sello personal con un nuevo objeto, cortina, cuadro, porcelana. Buscando, más que apaciguar su gusto, legalizar su presencia. Polizonas.

Las detesto por urracas. Porque les encanta amplificar los defectos de los que no son sus hijos. Y cuando los notan, todos son herencia de la ex mujer o su familia. Nunca del padre porque esto significaría que le podrían caer a sus hijos. Y si no los tienen todavía, el señalamiento se vuelve un recalco de algo así como “¿sí viste con la que te has metido?”.

Vetan a las madres en la casa donde están sus propios hijos. Se les prohíbe su recuerdo. No se puede decir su nombre sin que uno se sienta cometiendo un crimen. Las condenan a un silencio tipo DAMNATIO MEMORIAE: sin siquiera saber ellas de Roma ni de su más perverso castigo, borran todo registro de la existencia de una madre; como si fueran seres malditos.

Las detesto porque desheredan a los primeros hijos. Les quitan la herencia de dinero o cariño de sus padres porque lo quieren todo para ellas. Avaras. ¡Y ay que hayan ya tenido sus propios hijos! Se los meten a los maridos hasta por los ojos como si quisieran reemplazar a los que eran sus adoptivos. Y convierten a sus niños en carros último modelo, con los que se cambia a los trastes antiguos. Son las únicas culpables de que uno no vea en esos niños hermanitos sino competencia. Cultivadoras de odio fraticida.

Las detesto porque son un verdadero error idiomático. Un vicio en lengua tan bonita como lo es la castellana. Se les da un título sin lógica o sentido y ellas lo reciben. Madrastra, de Madre.

¿Quién dijo eso? Porque a mí en el madrastra me retumba duro en los oídos el sufijo, el astra. Me suena siempre como de arrastrada. Sí, madres arrastradas. Curtidas. Harapientas.

3 comentarios:

Juan José dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan José dijo...

Creo que a este texto le queda como anillo al dedo la definición de diatriba. Es original, divertido, apasionado, directo, franco. Puede uno no estar de acuerdo, pero no puede negar que está muy bien escrito.
Juan José 4.5.

Natalia Aldana Velásquez dijo...

Georgi quiero escribir como tu... jajajaja mentiras! muy buen texto